¡Bienvenidos a bordo!

Viaja un siglo atrás y adéntrate en el Buque de los Sueños. En su interior, las vidas y las historias de las 2,208 personas que depositaron sus ilusiones, sus esperanzas y sus anhelos en él. Conoce de su propia mano esta travesía que ya es eterna, conoce la Verdadera Historia del Titanic.


miércoles, 14 de marzo de 2018

Los cuerpos del Titanic


Solemos visionar el Titanic como a un ente magnífico, de gran lujo y esplendor, imponente e inmortal. Sin embargo, no debemos olvidar que su historia está ligada a la de 2.208 personas, de las cuáles 1.496 perdieron la vida. El buque es innegablemente sinónimo de tragedia y el tema a tratar en esta ocasión lo refleja a la perfección.

Son muchos los nombres, las cifras que componen la parte más triste de la historia de nuestro barco. Personas que como yo que escribo y como tú que lees, tenían inquietudes, esperanzas, sueños, preocupaciones, intereses, emociones. Muchas veces me pregunto cómo habría reaccionado yo, qué habría pensado, qué habría sentido. Sales de tu cama, posiblemente sobresaltado y te encuentras en apenas unos minutos en una situación de vida o muerte. Para la gran mayoría lo segundo. Muchas veces con hijos a tu cargo, amigos, familia. Como todos sabemos, no había tiempo, no había sitio y gran parte de estas personas se quedaron para siempre en el Titanic, pasando de algún modo a ser inmortales como él.

En esta entrada vamos a hablar de qué pasó con los cuerpos resultantes del naufragio, del porqué se recuperaron tan pocos, de porqué algunos regresaron a casa y otros nunca lo hicieron, de cómo se hicieron las identificaciones y quién las dirigió, y de los barcos implicados en esta tarea nada agradable en la que sus participantes se involucraron mucho más de lo que podrían haber llegado a imaginar, pues esos individuos inertes tenían aún algo que contar.

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Halifax resultó ser la ciudad con el puerto más grande y cercano a la tragedia del Titanic. Es por ello que la White Star Line elegió este punto como el central para que de allí saliesen los barcos que se encargarían de recuperar los cuerpos. Fueron varios los buques que participaron en la tarea. Cuatro de ellos fueron fletados por la propia compañía. El C.S. Mackay-Bennett, el C.S. Minia, el C.G.S. Montmagny y el S.S. Algerine. Sin embargo, otros cuatro barcos recogieron también a algunas víctimas del Titanic. El propio salvador, el R.M.S. Carpathia, el R.M.S. Oceanic, el S.S. Ottawa y el S.S. Ilford. Estos tres últimos fueron testigos casuales de los últimos gritos del Titanic.


R.M.S. CARPATHIA



Son alrededor de las 4.00 de la mañana del lunes 15 de abril de 1.912. Arthur Rostron, el Capitán del R.M.S. Carpathia cambia su rumbo. Ha puesto en marcha los motores de su nave para que vayan a la máxima velocidad posible. Hace unas horas su telegrafista, Harold Cottam, ha recibido la llamada de auxilio de un ya moribundo Titanic y en ningún momento duda de lo que debe hacer. Decide prescindir incluso de la calefacción del barco para poder acudir más rápido. Lo que se encontraron fue un panorama absolutamente desolador. El Titanic había desaparecido, hacía ya un par de horas. El Cuarto Oficial del Titanic, Joseph Boxhall así lo confirmó. El barco más grande, lujoso y seguro del mundo yacía bajo las aguas del Océano Atlántico. Sólo unos pequeños botes salvavidas, cargados con cientos de personas que aún no podían asimilar lo ocurrido, era todo cuanto quedaba de él.

Los tripulantes del Carpathia se apresuraron para poder subir a los indefensos supervivientes. Muchos de ellos se encontraban en estado de shock, otros apenas podían intentar acceder al buque por sus propios medios, las fuerzas ya empezaban a flaquear y el frío hacía mella en ellos. En total, 712 personas fueron transferidas al barco de rescate. Pero también 4 cuerpos. Ellos no habían logrado conseguirlo.


William Fisher Hoyt, 43 años, primera clase

Había estado en el Titanic hasta casi los últimos momentos. No había tenido la oportunidad de acceder a un bote salvavidas, así que se lanzó al mar cuando ya no había otra opción. El Quinto Oficial del Titanic Harold Lowe, capitaneaba el bote 14, uno de los 20 que llevaba el Titanic consigo. Decidió durante la noche regresar al lugar donde hacía apenas unos minutos, unos gritos desgarradores cortaban la noche. El silencio los había sustituido. Mientras buscaban alguna señal de vida entre el campo de cuerpos, un gemido les detuvo. Era un hombre de aspecto fornido que tenía hemorragia nasal y bucal. Fue difícil subirlo al bote, pesaba demasiado y sus ropas mojadas dificultaban aún más la tarea. El propio Harold Lowe describiría así la escena,
“Después de meterlo en el barco le quitamos el chaleco salvavidas con la intención de que pudiese respirar mejor. Por desgracia, murió. Estaba demasiado débil cuando lo avistamos.”





Sidney Conrad Siebert, 29 años, mayordomo de dormitorios



Andrew Orr Cunningham, colega de Siebert,
“Mi compañero Sidney estaba conmigo cuando nos tiramos al agua.”

El Titanic estaba condenado y uno de los últimos botes salvavidas, el número 4, había sido lanzado. Tenían que intentar llegar hasta él. Ambos nadaron con ganas de vivir, pero Sidney estaba agotado. Llegó más tarde y aunque fue subido, no lo consiguió. Murió durante la noche.






David Livshin (Abraham Harmer), 25 años, tercera clase

No se sabe con certeza quién rescató a David Livshin. Hay controversia respecto al asunto y existen dos posibilidades. Puede ser que fuera subido al bote 14. Varios de los tripulantes del salvavidas aseguran que fueron tres las personas que sacaron del mar, pero existe también el testimonio de que fueron cuatro y dos de ellos fallecieron durante la noche. Este cuarto podría pertenecer a David.

Sin embargo, también es probable y personalmente me decanto por esta opción, que David Livshin fuera uno de los ocupantes del plegable B, que quedó boca abajo a la deriva cuando el Titanic finalmente se hundió. Así lo aseguraron dos de las personas que salvaron la vida gracias a él. El Segundo Oficial Charles Lightoller y Algernon Barkworth. Ambos declararon que un cadáver fue transferido al bote 12 y éste era posiblemente el de David Livshin.





William Henry Lyons, 26 años, marinero de alto rango


Al igual que Sidney Siebert y su compañero Andrew Cunningham, William Lyons tuvo la misma idea. Cuando el bote 4 estaba ya en el agua, Lyons se lanzó al mar con la intención de alcanzarlo. Lo consiguió. Su experiencia como marinero hizo que sus fuerzas llegaran al objetivo sin embargo, no le quedaban más. Tras ser rescatado por los ocupantes del salvavidas, William entró en un estado de letargo que finalmente le llevó a la inconsciencia. Fue el único de los cuatro que llegó al Carpathia aún con vida, pero falleció a las pocas horas.








Arthur Rostron aseguró haber tenido a bordo cuatro cuerpos. Como buen católico, tras una pequeña ceremonia cargada de respeto y silencio, las cuatro personas fueron lanzadas al mar el martes 16 de abril de 1.912. Ninguno de ellos fue numerado ni tuvo ficha de identificación, por lo que no se los suele contar entre los cuerpos recuperados del Titanic.

Cuando tiempo después fue preguntado sobre cómo consiguieron llegar a la zona de la catástrofe sorteando un campo de hielo en mitad de la noche, Rostron contestó “No era mi mano quien llevaba el timón esa noche”.



SISTEMA DE IDENTIFICACIÓN


Antes de que el Mackay-Bennett saliese rumbo a su triste cometido, la tripulación debía saber cómo proceder. No querían que ocurriese lo mismo que hacía 40 años, cuando otro trágico naufragio había tenido también como protagonista a la ciudad, el del R.M.S. Atlantic, que se hundió en las costas de Nueva Escocia. Murieron 545 personas. El fracaso a la hora de recuperar e identificar estos cuerpos hizo que la ciudad sufriera un duro bochorno. Habían incluso llegado a robar varias de las pertenencias de los muertos. Para evitar esta situación, John Henry Barnstead, el encargado de los registros de nacimiento, matrimonio y defunción de Halifax, Canadá, comenzó a trabajar en un sistema forense que ha llegado hasta nuestros días. Su objetivo principal era que absolutamente cada detalle fuese registrado sin posibilidad de error y que así fuesen más sencillas las identificaciones. Las familias tenían derecho a saber qué había ocurrido con sus seres queridos.

Su sistema estaba basado en tres principios. Enumeración, identificación y pertenencias. Es por ello que entregó un cuaderno donde se escribiría la descripción de los cadáveres, hasta el último de sus objetos por mínimo que fuera, peso, altura, edad, sexo y el número que se le había asignado. Varias bolsas de lona numeradas fueron cosidas apresuradamente para contener en ellas las pertenencias de las víctimas recuperadas. Estos sencillos contenedores incluirían también el registro de lo que llevaban dentro, evitando así posibles robos. Fue obligatorio que dos miembros de la tripulación estuvieran presentes a la hora de guardar los objetos.

Con estas instrucciones claras, el Mackay-Bennett partió raudo a su encuentro con el Titanic.


C.S. MACKAY-BENNETT



El mismo domingo 15 de abril la White Star Line contrató al buque cablero Mackay-Bennett. Iba capitaneado por Frederick Harold Larnder. La tripulación estaba formada por varios hombres que se habían enrolado con la promesa de cobrar el doble de lo habitual debido a lo crudo del trabajo. Llevaban consigo 103 ataúdes, 12 toneladas de hierro, grandes cantidades de hielo y todo el líquido de embalsamamiento que pudieron obtener.


El 17 de abril zarparon desde Halifax, Canadá con destino al desastre. Sus esperanzas de encontrar muchas víctimas no eran muy halagüeñas. Los productos destinados para embalsamar eran suficientes para 70 personas. Tardaron 4 días en llegar, varias tormentas y un mar turbulento que parecía no querer dejarles paso dificultó la llegada. El panorama que allí se encontraron era completamente desolador. Gracias al diario que el maquinista del Mackay-Bennett Frederick Hamilton, escribió a bordo, podemos describir la escena.

“El océano está salpicado de una pila de trozos de madera, sillas y cuerpos”.

La tripulación pudo contemplar con horror cientos de cuerpos en el agua. Sus previsiones habían sido completamente erróneas. Algunos de ellos estaban muy juntos y parecían una bandada de gaviotas en la niebla, vestidos con sus chalecos salvavidas. Algunos se habían alejado hasta 60 km del punto del naufragio.

El S.S. Bremen, un buque de pasajeros alemán, se topó con el improvisado cementerio mientras hacía su travesía. Su Capitán declaró al respecto.

“Estaban por todas partes. Había hombres, mujeres y niños. Todos ellos tenían su correspondiente salvavidas. Conté 125 cadáveres y luego me cansé de hacerlo. Debía haber unos 150 o 200 cuerpos. No recuperamos ninguno, era absolutamente inútil por la sencilla razón de que no teníamos cómo mantenerlos.” 


Varios pasajeros del Bremen tampoco podían quitar la vista. Algunos describieron haber visto a una mujer abrazada a un perro (para saber más echa un vistazo a esta entrada), a varios hombres aferrados a una tumbona de madera e incluso a una mujer abrazando a su bebé.

Como sabían que el Mackay-Bennett se dirigía a las labores de rescate, contactaron con ellos para dar las coordenadas y siguieron su camino, dejando atrás el silencio más absoluto sólo roto por el sonido del mar chocando contra los cientos de víctimas del Titanic.

Al día siguiente, el cablero encargado por la White Star Line llegó al escenario y comenzó a recuperar los cadáveres. No tenían suficientes medios como para rescatar a todas aquellas personas en buenas condiciones. El aire acelera la descomposición en cuerpos mojados y tenían que trabajar deprisa. Informaron de que necesitarían más material, por lo que la naviera contrató los servicios de un segundo barco, el C.S. Minia.

Durante 7 días, desde su llegada a la zona cero, el Mackay-Bennett estuvo ejerciendo su cometido. Recuperaron 306 cuerpos. Las tareas de rescate eran arduas y difíciles. De nuevo en su diario, Frederick Hamilton nos describe así algunas de las dificultades que tuvieron.

“Dos icebergs están ahora a nuestra vista. El más cercano debe medir más de treinta metros en su pico más alto. La vista es impresionante, una masa sólida de hielo contra la cual el mar se choca furiosamente, levantando columnas de espuma. El trabajo comenzó y se mantuvo continuo durante todo el día, recogiendo uno a uno varios cuerpos. Transportar los restos empapados en ropa y meterlos por el costado al bote, no es tarea fácil. Hoy hemos subido cincuenta y uno. Dos niños, tres mujeres y cuarenta y seis hombres. Aún el mar parece lleno de ellos. A excepción de nosotros mismos y los pájaros que nos sobrevuelan, somos las únicas criaturas con vida…

Un bote salvavidas del Mackay-Bennett rescata un cuerpo

El tiempo era terriblemente frío y los cuerpos pesaban mucho. Llenos de agua y con los chalecos salvavidas, subirlos a los pequeños botes no era en absoluto sencillo. Las jornadas se hacían largas y todos acababan agotados. Según Frederick,

“El embalsamador es el único a quien parece que le es agradable su trabajo. Digo agradable, porque para él es un trabajo de amor y orgullo.”

Un cadáver es embalsamado en la cubierta del Mackay-Bennett

Los cadáveres recibieron distinto trato dependiendo de la clase a la que pertenecían. Los miembros de la tripulación eran almacenados con hielo, los pasajeros de tercera y segunda clase eran envueltos en bolsas de lona y los de primera clase eran colocados en ataúdes.
El doctor Thomas Amstrong, cirujano del Mackay-Bennett declaró lo siguiente respecto al estado general de los cuerpos.

“Con la excepción de unos 10 cadáveres que tenían lesiones graves, su aspecto general era tranquilo y sereno.”

De los 306 cuerpos recuperados por el Mackay-Bennett, 116 fueron enterrados en el mar. Al terminar la dura jornada, se realizaban las ceremonias. Los cuerpos eran envueltos en bolsas y se les introducía una barra de hierro para que se hundieran con facilidad. Una campana sonaba con cada cuerpo que iba cayendo al mar. Frederick Hamilton describió así algunos de estos momentos.

“El tañido de la campana nos reunió a todos en el castillo de proa, donde varios cuerpos están ya listos para ser enviados a las profundidades del mar. Están cuidadosamente cosidos en lona y llevan el peso correspondiente. Es una escena extraña. La luna creciente arroja una tenue luz sobre nosotros. El servicio fúnebre es conducido por el Reverendo Canon Hind y dura casi una hora. Una vez terminado, comenzamos a lanzar los cuerpos. El momento se va repitiendo con cada uno. Salpica cada vez que llegan al agua y se hunden a una profundidad de cerca de dos millas. Splash. Splash. Splash”

Ceremonia a bordo del Mackay-Bennett del 24 de abril de 1.912. Esta instantánea fue subastada en el año 2.013 por la casa Henry Aldridge & Son 

Las ceremonias se llevaban a cabo con el mayor de los respetos. Como se puede observar en la fotografía, los miembros de la tripulación se han quitado sus gorras en señal de respeto mientras observan cómo los cuerpos son enterrados en el mar.

El 30 de abril de 1.912, el C.S. Mackay-Bennett regresaba a Halifax con 190 cuerpos. Casi el doble de los ataúdes que en un principio llevaban. Habían rescatado e identificado varios cadáveres.

Su capitán Frederick Harold Larnder aseguró que “la misión del Titanic fue el trabajo más difícil de toda mi vida.”

Walter John Van Billiard, 9 años, tercera clase, cadáver número 1

El pequeño Walter sólo tenía 9 años cuando falleció en el Titanic. Viajaba con su padre y su hermano James, de tan sólo 10 años. Ninguno de los tres sobrevivió.
Walter fue el primer cadáver que el Mackay-Bennett recuperó del mar. Curiosamente también hallaron a su padre Austin Van Billiard, de 35 años que fue marcado con el número 255. Son los dos únicos cuerpos pertenecientes a una misma familia identificados y rescatados del naufragio.
Ambos fueron llevados a tierra y enterrados en el Union Cemetery, Zion Lutheran Church, de Flourtown, Pensilvania, EE.UU.







Sidney Leslie Goodwin, 1 año, tercera clase, cadáver número 4

Sin lugar a dudas, el hallazgo más duro para la tripulación del Mackay-Bennett fue el del bebé. El pequeño fue tratado con absoluto mimo por todos y cada uno de los miembros del buque y su cuerpo se llevó a tierra, donde recibió sepultura el 4 de mayo de 1.912 en el cementerio de Fairview en Halifax, Canadá. Al ser su identidad desconocida, fueron los propios miembros de la tripulación del Mackay-Bennett los que se hicieron cargo del funeral y sus gastos. La Iglesia anglicana de San Jorge, donde se celebró la misa, estaba llena de personas que querían homenajear al pequeño. Tampoco sobraban las flores, que muchos de ellos habían traído. Seis de los tripulantes que lo habían encontrado llevaron a hombros su pequeño ataúd blanco.
En 2.002 se creyó haber encontrado por fin la identidad del bebé y le adjudicaron el nombre de Eino Viljam Panula, un pequeño de tercera clase que viajaba con su madre y sus hermanos. Hasta el año 2.008 no fue posible su identificación real gracias al ADN. Se trataba de Sidney Leslie Goodwin, que iba con sus padres y sus 5 hermanos. Hasta entonces, había sido conocido como “el niño desconocido del Titanic”.  Sus familiares decidieron dejar su pequeña lápida con este sobrenombre, en honor a todos los niños perdidos en el naufragio.

Arthur Webster Newell, 58 años, primera clase, cadaver número 122
Arthur viajaba en el Titanic junto a sus hijas Marjorie (31 años) y Madeleine (23 años). Tras asegurarse de que estaban a salvo en el bote 6, Arthur se quedó atrás. Nunca volverían a verle. Su cuerpo fue recuperado por el Mackay-Bennett y llevado a tierra. Un empresario de pompas fúnebres, Frank Newell, se encontraba haciendo su trabajo En Halifax, Canadá, donde habían sido llevadas la mayor parte de las víctimas rescatadas del Titanic. De repente, se encontró con los restos de su tío Arthur. El hombre tuvo un desvanecimiento y tuvo que ser atendido por el shock. Fue la enfermera Nellie Remby quien le proporcionaría consuelo y los primeros auxilios. 
Arthur Newell fue enterrado en el cementerio Mount Auburn de Cambridge, Massachussetts. En su cadáver se halló un reloj de oro con el que su esposa durmió cada noche hasta su muerte.



John Jacob Astor, 47 años, primera clase, cadáver número 124



Uno de los pasajeros más famosos del Titanic. La familia del multimillonario estadounidense había ofrecido una recompensa de 10.000 dólares a la tripulación del buque que encontrara sus restos. Sin embargo, identificarlo no fue fácil. Su cadáver estaba bastante deteriorado. Se cree que falleció víctima de una de las chimeneas que se separó del barco antes de hundirse, ya que sus lesiones eran bastante considerables. Gracias al contenido de sus pertenencias y su inseparable bigote, pudo ser finalmente identificado. Los miembros de la tripulación del Mackay-Bennett compartieron la recompensa, que fue utilizada para las exequias del pequeño niño desconocido.

John Jacob Astor regresó a casa y el 1 de mayo de 1.912 fue enterrado en el cementerio Trinity
de Nueva york.


Alma viajaba junto con sus cuatro hijos, Torborg (8 años), Paul (6 años), Stina (3 años) y Gösta (2 años). La mujer tardó mucho en preparar a los niños para subir a la cubierta de botes y cuando lo hicieron, ya era demasiado tarde. Se lanzaron al mar y allí todos perecieron. El cadáver de Alma fue encontrado por el Mackay-Bennett. Llevaba consigo una carta de su marido Nils, quién la esperaba en Chicago. Los tripulantes del cablero describieron así el momento de su hallazgo.
“El chaleco salvavidas mantenía sus hombros fuera del agua. A veces, una ola un poco más grande hacía que su cuerpo entero desapareciese. Tenía la cabeza echada hacia atrás y ella parecía mirar hacia arriba, como una estatuilla rota en la proa de un viejo barco. Su pelo y sus brazos se balanceaban en el mar, ofreciéndonos una visión casi angelical.”
Su cuerpo fue llevado a tierra y enterrado en el cementerio de Fairview en Halifax, Canadá. Nunca se halló ningún rastro de los cuatro pequeños.

C.S. MINIA


El Minia fue el segundo cablero contratado por la White Star Line para el rescate de los cuerpos de la tragedia del Titanic. El barco salió de Halifax, Canadá el 22 de abril de 1.912. Iba cargado con 150 ataúdes de madera que nunca llegaron a usarse. A pesar de que su predecesor se había encontrado con un gran campo de restos humanos, ya habían hecho prácticamente toda la tarea.
Llegaron a la zona del hundimiento el 26 de abril de 1.912 y allí estuvieron durante una semana, intentando recuperar más cuerpos pertenecientes al naufragio. Tan sólo hallaron 17 cadáveres, de los cuales dos de ellos fueron enterrados en el mar. Su identificación debido a su estado era prácticamente imposible, aunque sí pudieron determinar que probablemente eran dos varones miembros de la tripulación, posiblemente bomberos. Tras una pequeña ceremonia ambos cuerpos fueron enterrados en el mar.
El 6 de mayo de 1.912 el C.S. Minia regresaba a Halifax con 15 cadáveres, todos ellos varones y en su mayoría identificados, a excepción de uno de ellos.
Allí se relevó con el tercero de los barcos fletados por la naviera para seguir recuperando cuerpos, el C.G.S. Montmagny. Traspasaron todo el material sobrante de un barco a otro y el último zarpó de nuevo hacia la zona.
Charles Melville Hays, 55 años, primera clase, cadáver número 307

El del Presidente de la Grand Trunk Railway, una importante línea ferroviaria que unía Canadá y EE.UU., fue el primer cadáver que recuperó el Minia. Francis Dyke, tripulante del Minia aseguró en una carta a su madre, 
“no hubo impedimento alguno para su identificación, ya que llevaba consigo varios papeles y un reloj con su nombre.”
Su ataúd fue trasladado a Montreal desde uno de sus trenes a bordo de un vagón privado. Éste, aún se conserva en el Museo Canadian Railway de Delson, Quebec Canadá. Fue enterrado en el cementerio Mount Royal de Montreal. Junto con él, habían perdido la vida su yerno Thornton Davidson y su protegido Vivian Payne. Sus cuerpos nunca fueron identificados.


Gaspare Antonio Pietro “Luigi” Gatti, 37 años, gerente del restaurante A la Cartè, cadáver 313
Había sido contratado por la White Star Line para dirigir los restaurantes de su nueva flota de lujosos barcos. Había trabajado ya en el Olympic y durante la travesía inaugural del Titanic hizo lo propio. Luigi Gatti tenía fama de ser muy concienzudo y perfeccionista con respecto a su trabajo. Contrató personalmente a todos y cada uno de los miembros que trabajarían con él en el lujoso restaurante A la Cartè y también sus salarios corrían de su cuenta. Luigi Gatti falleció en el hundimiento del Titanic y su cuerpo fue llevado a tierra, donde recibiría sepultura en el cementerio de Fairview, Halifax, Canadá.





Thomas Mullin, 20 años, mayordomo de tercera clase, cadáver 323


El joven Thomas había trabajado desde muy pequeño en la industria textil al igual que su padre, sin embargo, un problema en la vista le alejó de la profesión. Comenzó a trabajar como mayordomo para buques y así llegó al Titanic. Tenía sólo 20 años cuando perdió la vida. El Minia recuperó su cuerpo y lo llevó a tierra, donde fue enterrado en el cementerio de Fairview en Halifax, Canadá.





C.G.S MONTMAGNY


El Montmagny ya estaba cargado para continuar con las labores de rescate. Venían de Sorel, Quebec, Canadá y desde allí, el 6 de mayo de 1.912 llegaron a Halifax de dónde finalmente zarparon rumbo a la zona de la tragedia.
Había pasado casi un mes desde el hundimiento y el clima tampoco ayudaba. No quedaba mucho por hacer. El campo de escombros y cuerpos era ya casi inexistente. Estuvieron recorriendo la zona hasta el 13 de mayo de 1.912. Hasta la fecha, habían recuperado cuatro cadáveres. El Minia había terminado su trabajo en el número 323, pero curiosamente el Montmagny no siguió enumerando con el 324 y 325, si no que empezó a marcar los cuerpos con el número 326. La razón es desconocida. Es posible que en el traspaso se perdieran estos números.
De las cuatro víctimas rescatadas, sólo una de ellas fue enterrada en el mar, el número 326. Su identificación se hacía imposible debido a su estado. Su ficha lo describe como un varón perteneciente posiblemente al cuerpo de mayordomos y camareros del Titanic. Los otros tres cuerpos, fueron llevados a tierra tras ser entregados en Louisbourg, Nueva Escocia y allí transferidos a Halifax por ferrocarril, donde serían finalmente enterrados.
El 19 de mayo el Montmagny volvió para seguir intentando recuperar fallecidos pero la búsqueda resultó infructuosa y el 23 de mayo regresaron a puerto para seguir con sus actividades habituales.
Harold Reynolds, 21 años, tercera clase, cadáver número 327
El Montmagny recuperó su cadáver el 10 de mayo de 1.912. El joven Harold era el séptimo de 9 hermanos. Se había alistado en el ejército con tan sólo 17 años y allí había ejercido como ayudante de camarero. Era castaño, con ojos azules y una cicatriz en la mejilla derecha. Tras varios años como soldado, Harold estaba cansado. Finalmente desertó y antes de viajar en el Titanic fue a visitar a su madre, sin embargo, nunca le explicó sus planes de emigrar al nuevo mundo. Fue enterrado en el cementerio de Fairview, Halifax, Canadá.
 Hileni Jabbur (Zabour), 16 años, tercera clase, cadáver número 328
Apenas hay datos sobre Hileni. Sabemos que viajaba con su hermana Thamine y que ambas ejercían de sirvientas. Procedentes de Siria, probablemente iban destinadas a trabajar para alguna familia en EE.UU. Nunca llegarían a su destino. La ficha de su cádaver indica que su pelo era castaño claro y que su tez era oscura, con características refinadas. La joven fue enterrada en el cementerio de Fairview, Halifax, Canadá.
 Charles Edwin Smith, 40 años, mayordomo de segunda clase, cadáver número 329
Muchos de los miembros de la tripulación habían comenzado primero en su hermano gemelo y este fue el caso de Charles. Había trabajado en el Olympic y fue transferido al Titanic para servir en su viaje inaugural. Se había casado con Martha Gibbens hacía ya 16 años y el matrimonio tenía cinco hijos, de los cuales sobrevivieron cuatro. Vivían en Southampton, desde donde despidieron a su esposo y padre por última vez. Su cadáver es uno de los pocos de los que aún se conserva la fotografía. Fue enterrado en el cementerio de Fairview, Halifax, Canadá.

S.S. ALGERINE


El Algerine partió el 16 de mayo de 1.912 desde San Juan de Terranova, Canadá. Fue el último de los cuatro barcos encargados de la búsqueda de víctimas contratados por la White Star Line. Tres días después se cruzó con el Montmagny, que ya había terminado su labor. No quedaba mucho por hacer. A pesar de pasarse tres semanas por la zona, el Algerine sólo consiguió recuperar un cadáver. Éste fue marcado con el número 330 y fue identificado como James McGrady. El 6 de junio regresaron a puerto y allí el cuerpo fue transportado por el Florizel hasta Halifax, Canadá, donde finalmente recibió sepultura.
James McGrady, 27 años, mayordomo de salón, cadáver número 330

El cuerpo de James fue el único encontrado por el Algerine el 25 de mayo de 1.912. Había vivido prácticamente toda su vida al cuidado de su abuela materna. Con 16 años ya figuraba como trabajador argícola, edad a la que probablemente empezó a trabajar en el mar. Su último barco antes del Titanic había sido el Oceanic, también protagonista de esta entrada.
El cuerpo del chico fue trasladado a Halifax donde fue enterrado en su cementerio de Fairview el 12 de junio de 1.912, casi dos meses después de la tragedia.



Otros tres barcos tuvieron también su parte protagonista en la recuperación de cuerpos. Durante sus travesías, tuvieron que encontrarse de frente con algunas de las víctimas del Titanic. Estos barcos son el R.M.S. Oceanic, el S.S. Ottawa y el S.S. Ilford.

R.M.S. OCEANIC


El Oceanic era un buque también perteneciente a la White Star Line, que se encontraba realizando la misma ruta que el Titanic, Southampton-Nueva York, cuando se cruzó con la tragedia el 13 de mayo de 1.912, casi un mes después del desastre. Uno de sus pasajeros, Sir Shane Leslie, un importante diplomático irlandés, escribió lo siguiente acerca del momento.

“El mar estaba en completa calma al mediodía. De repente el vigía gritó que había visto algo flotando delante de nosotros. El buque redujo la marcha cuando comprendieron que el objeto era un bote salvavidas flotando en medio del Atlántico. Lo que contenía era horrible. Tres figuras humanas. Desde el puente dieron orden de descender uno de nuestros botes salvavidas con un oficial a bordo y un médico. Lo que ocurrió fue espeluznante. Había dos marineros vestidos de noche (en pijama), con el cabello decolorado por la larga exposición al sol y la sal del mar. Un tercer cuerpo estaba vestido y todos se encontraban apoyados en el arco del bote. Los tres estaban muertos, todos bajo el cielo abierto que había visto al buque más grande hundirse en el océano.”

El bote que describe se trataba del plegable A. Se halló a más de 200 millas de distancia de donde finalmente sucedió la catástrofe. En los últimos momentos del Titanic, el salvavidas consiguió ser liberado gracias al esfuerzo de los que aún quedaban a bordo. Sin embargo, no dio tiempo suficiente a que fuese montado adecuadamente y quedó a la deriva semi inundado. Varias personas desesperadas nadaron hacia él, pero aquello acabó por convertirse en una lucha campal de la que sólo 13 salieron victoriosos. Los minutos parecían horas y el frío era mortal. Cuando el Quinto Oficial Harold Lowe regresó a buscar supervivientes, encontró el bote. Sus pasajeros se encontraban en muchos casos aletargados por la hipotermia y con el agua hasta las rodillas. Rescataron a 10 personas y dejaron 3 cuerpos a la deriva. Había pasado demasiado tiempo.

Los tres cadáveres fueron subidos al Oceanic, donde se procedió a su identificación. Uno de ellos no pudo ser identificado, aunque se cree que pertenecía a un varón, probablemente un bombero. Los otros dos correspondían a dos pasajeros, uno de primera clase y el otro de tercera. No se les asignó ningún número, pero siguiendo con la numeración les corresponden el 331, 332 y 333.

Las condiciones de los cadáveres eran bastante malas producto del tiempo que habían pasado a la deriva. Como tampoco llevaban ningún tipo de producto que pudieran mantenerlos hasta llegar a tierra, se decidió enterrar a los tres cuerpos en el mar. De nuevo, Sir Shane Leslie describe así la situación.

“Los cadáveres fueron metidos en sacos de lona con una barra de acero en los pies. A continuación, se celebró un pequeño servicio en su memoria y uno tras otro fueron hundiéndose en el mar…”

Thomson Beattie, 36 años, pasajero de primera clase, cadáver número 331



Thomson era un agente inmobiliario canadiense tras un viaje de placer por Europa. Estaba en el Titanic junto a John Hugo Ross y su inseparable Thomas McCaffry (si quieres saber más pulsa aquí). Cuando el buque ya estaba en sus últimos instantes, Thomson y Thomas saltaron al agua donde intentaron aferrarse al plegable A. El último nunca lo consiguió. Beattie finalmente pereció a lo largo de la noche. Thomson fue enterrado en el mar el mismo día que su madre hacía 82 años. Curiosamente ella había nacido a bordo de un barco con destino a Canadá muy cerca del lugar donde su hijo reposaría eternamente






Arthur Keefe (O’Keefe), 44 años, tercera clase, cadáver número 332

Arthur se encontraba en el Titanic regresando a casa tras unas vacaciones. Había estado mandando cartas y souvenirs a su familia durante todo su viaje. Justo antes de partir en el buque, mandó una carta a su hermana contándole sus intenciones de volver a bordo del barco más grande del mundo. La noche del hundimiento consiguió llegar al plegable A según el testimonio de Olaus Abelseth, con quien había compartido tren de camino a Southampton. Intentó reanimarlo cuando avistaron al Carpathia pero lo único que Arthur acertó a decir fue “¿Tú quién eres?, déjame en paz.” Murió pocos minutos después. Su hermana recibió la carta en la que le confirmaba su pasaje en el Titanic el mismo día del hundimiento.


S.S. OTTAWA


S.S. Germanic, después bautizado como Ottawa

El Ottawa era un petrolero que se encontró con la penúltima víctima del Titanic el 6 de junio de 1.912, ya un mes y medio después de la tragedia. Al cuerpo no se le asignó ningún número, le correspondería el 334. El chaleco salvavidas había permitido que el hombre siguiese a flote y aunque sus condiciones eran bastante malas, pudo ser identificado.

William Thomas Kerley, 28 años, mayordomo de segunda clase, cadáver número 334
Proveniente de una familia granjera inglesa, William dejó la escuela a los 16 años para dedicarse a servir. Durante años estuvo ejerciendo como mayordomo para una adinerada familia en Inglaterra, que le daría experiencia suficiente como para dar el salto a trabajar en el mar. El Titanic era su primer barco. Firmó su contrato el 4 de abril de 1.912. Estaría emocionado por su nuevo trabajo. La noche del hundimiento probablemente estaba en cubierta. No consiguió asirse a ningún bote. Fue enterrado en el mar.

S.S. ILFORD


El Ilford sería el último buque que recogió víctimas del Titanic. Fue el 8 de junio de 1.912 cuando se encontró durante su recorrido con un cuerpo flotando en el mar. Al igual que en el Ottawa y el Oceanic, no hubo numeración. Le correspondería el 335. Este número nos daría la cifra final de cadáveres recuperados. Sin embargo, debemos tener en cuenta que los 4 cuerpos que subió y enterró en el mar el Carpathia nunca se numeraron, por lo tanto contaríamos con 339, a los que hay que restar dos, ya que los número 324 y 325 nunca se utilizaron. Podemos por tanto confirmar que el número de cuerpos recuperados fue de 337.
William Frederick Cheverton, 27 años, mayordomo de primera clase, cadáver número 335
Miembro de una familia humilde de diez hijos, William comenzó a trabajar muy temprano como pintor. Sin embargo, pronto comenzó a embarcarse en distintos navíos. Sus compañeros lo describían como ejemplar en su trabajo. Llevaba algunos tatuajes en su antebrazo izquierdo, sus ojos eran azules y su pelo castaño. Al igual que otros muchos, Cheverton había sido transferido del Olympic el hermano gemelo del Titanic, donde también había ejercido como mayordomo de primera clase. Sería su última travesía. Fue enterrado en el mar. Su madre se benefició del fondo de ayuda del Titanic, ya que William le pasaba regularmente parte de su salario para que pudiera mantener a su hermana Nellie que tenía una discapacidad.



HALIFAX, LA MORGUE DEL TITANIC

Fue Halifax, Nueva Escocia, Canadá, el punto central donde fueron ubicadas las labores de identificación y los entierros de las víctimas del Titanic. La pista de hielo local, Mayflower, se convirtió en la morgue improvisada para los 209 cuerpos que pudieron ser trasladados a tierra firme. El lugar fue elegido por John Henry Barnstead, ya que era el único sitio que podría conservarlos adecuadamente para que sus familiares pudieran identificarlos. Se hicieron apresuradamente varias mesas de madera para albergar a los muertos.
Cuando el Mackay-Bennett llegó con su triste cargamento, todas las campanas de las Iglesias de la ciudad redoblaron en señal de luto. Les llevó tres horas y media bajar los cadáveres. Éstos fueron llevados por carrozas de caballos hasta Mayflower.
No muchas de las familias de los fallecidos podían viajar hasta Halifax para identificar a sus seres queridos. De hecho, sólo 59 de los cuerpos recuperados pudieron ser devueltos a sus familias. Éstos eran en su mayoría los cadáveres pertenecientes a los pasajeros de primera clase, prácticamente los únicos en poder pagar los costosos entierros y traslados pertinentes, de los que la White Star Line no se hizo cargo. El resto tuvo Halifax como último destino. Allí reposan 150 de las víctimas.
Como Barnstead no pudo identificar a muchos de los cuerpos, decidió contratar los servicios de un fotógrafo local que se encargó de retratar a todos y cada uno de los cadáveres recuperados del Titanic. Estas instantáneas fueron claves para conseguir dar una identidad a algunos de las víctimas. En la actualidad se conservan muy pocas. La mayoría pertenecen a colecciones privadas y nunca se han hecho públicas en su totalidad.
John Law “Jock” Hume, 21 años, violinista de la banda del Titanic, cadáver número 193
La empresa Black, encargada de contratar a los miembros de la banda de música del Titanic, recibió la fotografía. Fueron ellos los que finalmente reconocieron el cuerpo 193. Su afligido padre recibiría la noticia en su casa, donde también se le enviaron las últimas pertenencias de su hijo. Ninguno de estos objetos fue a parar a las manos de la novia y reciente prometida del joven, Mary, quien estaba embarazada de su hijo. Tras un juicio, la chica consiguió que su hija recibiera el apellido de su padre y también la ayuda del fondo para las víctimas.





Toda la ropa de las víctimas fue quemada para evitar robos que acabaran siendo vendidos como reliquias de la tragedia, sin embargo, no fueron capaces de hacer cenizas los pequeños zapatitos del niño desconocido. Éstos fueron guardados cuidadosamente y hoy se pueden contemplar en el Maritime Museum of the Atlantic, ubicado en Halifax.

El trabajo de John Henry Barnstead fue tan concienzudo que incluso en la actualidad su método sigue utilizándose. Tanto es así, que se siguió en los atentados del 11 de septiembre en Nueva York.
Alan Ruffman, autor del libro Titanic Remembered y originario de Halifax escribió.
“Lo construyeron en Belfast, lo hundieron en el Atlántico y nosotros lo enterramos. En ese sentido, la parte final de la historia del Titanic le pertenece a Halifax”.
Tres cementerios de la ciudad se hicieron cargo de enterrar a las víctimas que no habían regresado a casa. El que más número de muertos albergó fue el de Fairview Lawn con 121 víctimas enterradas en él, le sigue el Mount Olivet con 19 víctimas y por último el Baron de Hirsch con 10 víctimas.
Fue la propia naviera White Star Line la que se encargó de costear los entierros y lápidas de aquellos que no habían sido devueltos a sus familias. Todas las tumbas se componen de un monolito de granito donde figura el número de cuerpo, el nombre (si está identificado) y la fecha en la que falleció. Algunas se encuentran más personalizadas, ya que las familias o distintas organizaciones así lo han dispuesto. Éstas están localizadas en el cementerio de Fairview Lawn.

CEMENTERIO DE FAIRVIEW LAWN




Sin duda alguna Fairview Lawn es el lugar más importante referente a los cuerpos recuperados en la tragedia del Titanic. En este cementerio existe una zona específica donde 121 cadáveres fueron enterrados. Allí varios monolitos de granito se agrupan reflejando la realidad de lo que supuso su hundimiento.
Cada año es visitado por miles de personas que quieren mostrar sus respetos a las víctimas de una de las tragedias más famosas del mundo. La película Titanic (1.997), de James Cameron lo puso en el punto de mira debido a su protagonista, el ficticio Jack Dawson. Lo que él no sabía es que en realidad otro J. Dawson había embarcado realmente en el Titanic. Su cuerpo, el número 227, fue recuperado por el Mackay-Bennett y enterrado allí. Su lápida es una de las más frecuentadas, habiendo llegado a estar plagada de flores.

Otra de las tumbas más concurridas es la del niño desconocido, Sidney Leslie Goodwin. Numerosas personas dejan recuerdos en su memoria, con flores o distintos juguetes. Es una de las lápidas que difiere del resto. Ésta fue costeada por los miembros de la tripulación del Mackay-Bennett gracias al dinero que recibieron como recompensa por hallar a J.J. Astor.

Christopher Ward, el nieto de John Law Hume, declaró en un documental sobre el tema,
“Todo este cementerio es un monumento a la arrogancia y el descuido de la compañía White Star Line. Así lo veo. Me molesta estar parado aquí”.

De las 1.496 víctimas del Titanic tan sólo se recuperaron 337 cadáveres. Resulta ínfimo en comparación, el 22.5% de los fallecidos. El naufragio ocurrió en el punto donde la corriente del Golfo se une con la corriente fría del Labrador. Es una de las áreas con mayor movimiento de agua, lo que dificultó mucho que varios de los cuerpos siguieran a la vista para poder ser rescatados. El mal tiempo también provocó que muchos se hundieran para siempre en el mar.
Los restos del Titanic se encontraron el 1 de septiembre de 1.985 por el oceanógrafo Robert Ballard. Desde entonces, son varias las expediciones que se han hecho al pecio. En ninguna de ellas se han encontrado restos humanos. Sin embargo, la zona del hundimiento está repleta de zapatos. Éstos son los últimos testigos de todos aquellos que nunca pudieron ser enterrados, los últimos ecos de la tragedia.

En memoria de mi amigo Claudio, quien seguro se encuentra recorriendo las cubiertas del Titanic junto a ellos.

[Irene Hernández Rodríguez]

2 comentarios:

  1. Memorable blog que sigo desde hace ya mucho tiempo. Este artículo es magnífico. Soy un apasionado de todo lo que tenga que ver con el Titanic, su entorno, su época, la gran época de los trasatlánticos, y no lo que vemos ahora; esos cruceros de parque temático, donde nadie se entera que está navegando sobre el mar. La tragedia del Titanic me llevó a conocer otras muchas tragedias marítimas como el Cap Arcona, entre otros. Es una lástima que ya no se publican libros, o mejor dicho, se traducen libros sobre las últimas investigaciones del Titanic. En mi haber poseo el imprescindible "El Titanic una historia ilustrada, de Don Lynch, La última noche del Titanic, de Walter Lord, El Titanic, de Joseph Conrad, y Titanic, el final de unas vidas doradas, de Hugh Brewster. En fin, menciono todo esto para decir que soy del Club.

    Un cordial saludo.

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    1. ¡¡Muchas gracias por leernos Melmoth!! Me alegro de que te guste nuestro blog y disfrutes con su lectura. Tienes en tu poder libros excelentes. Una Historia Ilustrada es, como bien dices, imprescindible. Es una auténtica lástima que desde hace muchos años ya no se encuentre en stock en castellano. Ésa fue una de las razones por las que decidimos abrir este blog, no existe apenas información en nuestro idioma y es interesante tener ciertas investigaciones o noticias que puedan estar al alcance de todos los castellanohablantes. Gracias de nuevo.

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